
Sus poemas vienen del temblor del agua y del fuego: lo
afirma cuando se describe en el poema
titulado «Carilda» : «Beso la sed del
agua, pinto el temblor del loto», o
cuando se detiene en la intimidad de una gota, como sucede, por ejemplo, en el
poema «Anoche»: «Hoy encontré esa mancha en el lecho, tan honda que me puse a pensar gravemente: la vida cabe
en una gota»: en esa gota de agua íntima ve ella al mundo, porque esa gota se
destiló de la tierra, del fuego, del aire y del agua, la noche en que se acostó «con un hombre y su sombra».
Carilda es ave que eleva su canto al mundo. Sus poemas y ella se funden,
estatua del aire en la plaza más alta y visible del universo: en homenaje al
ser humano libre de cruces y flechas, de escudos y de lanzas, libre de los
vestidos que alambran en la conciencia nuestros sexos, y en homenaje a la
energía universal y a la materia, al hallazgo trascendental de Einstein: E=mc2.
Sin pasión, ¿qué es la materia? «Pero no habléis tanto de cohetes atómicos, que
sucede una cosa terrible: yo he besado poco», canta en su poema «Declaración de
Amor», inspirado en la frase «Haz el amor, no la guerra».
En
Carilda, el camino vital y el camino de creación poética se alimentan mutuamente,
conformando un solo río: y como si fueran nenúfares, se visibilizan los poemas
en la superficie del agua. En los diferentes tramos de la edad se la ve, mujer poderosamente bella,
rebosante de fortalezas; pero su belleza más nítida es ahora, en el tramo de
los noventa: Carilda -cada vez menos carne, cada vez más espíritu-, muestra el
maderamen, el esqueleto poético sostén de su obra, espíritu recubierto solo por
la fuente que dio origen a sus versos,
sensualidad que se desliza en madeja de agua y
seda, cuando tiende su mano para saludar a quienes se acercan, con pasos
sobrecogidos, con respeto y admiración a
la divinidad de todo lo que ella encarna: la delicadeza del ser poético,
«mirando para arriba el sol se me convierte/ en una luz redonda y celestial que
canta», es más visible ahora que antes en su modo de andar y de moverse; y
también la delicadeza de: «Si el amor está cerca /no habría que temer la
noche:/ madre de la aurora». No hay que temer a la muerte si el amor está
cerca. En este tramo último del río ella necesita seguir sintiendo la paz del
desorden para salvarse «de la última trampa».
BENITA LÓPEZ PEÑATE
Fuentes:
«Desnuda
y para siempre». Editorial Ácana, Camagüey 2016, Cuba.
«Una
historia del deseo». Editorial Gente Nueva, La Habana 2015, Cuba.