sábado, 30 de junio de 2018

SELECCIÓN DE TEXTOs DEL LIBRO XI DE LIBROS DE SAL DE BENITA LÓPEZ PEÑATE (Beginbook, 2010)


El árbol de mi patio es una casa encantada, las ramas son jardines y habitaciones. Entro en ella, abro las puertas, me asomo a las ventanas, respiro el aire del faro que alumbra el patio, el sol que alumbra su lecho y danzo a la luz de una vela, a la luz de la luna que alumbra las noches. Y sigo caminando, sin zapatos, por finas alfombras, y mis pies se humedecen en el silencio sereno de la noche, en el estío somnoliento de las tardes de verano. Y me columpio, y los pájaros me dicen que no es mi casa, que mi casa es la casa donde está el árbol, pero me cantan, y  me cuidan, pensando que soy una mujer pero también un pájaro. Me gusta esta casa, me gusta porque me baño en el agua de la llave que riega el jardín, y el aire me seca, y las camas son hojas, y son azahares las sábanas, y el árbol me canta y me cuenta historias de sus raíces y de otros árboles y otras ramas. Y no me quiero ir, me gusta este dormir y despertar en el árbol y este andar bullicioso. Es el árbol que cuido, el árbol donde anidan mis pájaros.



No te ofrecería un instante caliente de café ni de comida ni un instante de tabaco porque me daría vergüenza después darme la vuelta y dejarte. Además, tampoco lo has pedido. Estás en tu banco, mirando a la gente que pasa. Si estuvieras en los contenedores de basura, o en derredor de algún bar o mercado y me miraras, entonces sí te lo ofrecería. Me miras porque soy gente que pasa, y yo te miro porque sé lo que tiene tu banco. De joven mis caminos eran de tierra y también tenía un banco. Ya, ya sé que no es lo mismo, no pasaba hambre ni frío, pero me sentaba a ver pasar la gente: cómo iban vestidos, si iban solos, si iban juntos. Ahora mis caminos son diferentes y no me detengo en ningún sitio. Todas las noches me digo, cuando sea mayor me sentaré en un banco. ¿Y por qué no ahora? ¿…? ¿Qué dijiste? Que por qué no ahora.



Quiero ser naturaleza. Carnívora y vegetariana, lluviosa y seca, fría y caliente: climática de globo terrestre.



Tengo en casa un gato. No sé si hago bien, un gato amansado no caza. Pero mi casa no es de campo, no hay ratones ni lagartos cerca. Sé que a veces también yo necesito amansarme, pero son dos amansamientos diferentes: mi esencia no es de fiera, la del gato sí.



En una gota de agua el cielo dejó un mensaje. El árbol la bebió y sin darse cuenta le brotaron en su tallo nuevas hojas donde leen y cantan los pájaros. El árbol no sabe que el mensaje es de una estrella que en sus ratos libres compone canciones.





La coincidencia de aire frío y aire caliente es la causa del viento, entonces el encuentro de lo frío y lo caliente pudiera entenderse algo violento. O tal vez no y el encuentro de los opuestos solo sea movimiento.



A veces, en los silencios, lleno de palabras el aire sin saber la certeza de las mismas. Y afirmo, niego, concluyo, e incluso tomo decisiones y hasta escribo algún poema. Pero muchas veces tengo que desandar el silencio y volverlo a llenar con otras palabras. Casi siempre es para mejor, si el silencio es quien me habla.



Las cosas hermosas también tienen insectos y otros animales. Amo a las palmeras aun sabiendo que sus copas guarecen ratas. Nosotros también tenemos bichos bióticos habitantes de una misma habitación, prueba de ello son nuestro canal diario de expulsión de residuos  y el lugar destacado que ocupa el inodoro en nuestras casas. Pero son bichos inocentes. Solo los hábitats de  plástico generan mutantes asesinos  y genocidio humano.



Miro hacia atrás: pequeños paquetes de savia me permiten el comienzo. La molécula se degrada generando electrones que posibilitan nueva reacción al final. No pretendo el regreso en el último aliento —nadie ha vuelto—, lo que quiero ahora (muy lejos aun del final) es ver qué vagones me han dejado hasta este momento en el andén: qué dolor, qué tormenta, qué buen día de playa. La vida tiene dos vías: la que sigue el tren y la que surge a su lado en silencio. El ADN tiene dos lecturas.



Algo tengo de la savia del árbol y algo de mí tiene el árbol. Vida nos damos respirándonos mutuamente en horas de sol y muerte nos daríamos respirándonos de noche. La soledad también es necesaria.



Me gusta esta degradación y construcción constante en paquetes de electrones. Me destruyo, asoma la luz; construida, asoman los desechos. Simple oxidación: vida y aire. Sistema político perfecto.



Contemplo el cielo sin esperar que el sol venga y deslice por mi espalda, que venga la luna a mi hombro muy junto a mi cuello o que vengan las estrellas y se enreden en mi pelo, porque correría el peligro de perder lo que ahora tengo. El cielo viene todas las noches y todos los días y siempre me da algo: ya sea una pizca de aire que vuela mi alma o un matiz nuevo de luz bajo las hojas. He aprendido gigantes de luz en cualquier lugar.




Es mío el instante en que me bañaba en agua dulce de un naciente junto a la playa, es mío ese espacio de roca, arena y agua y de los que estuvimos allí. A quienes vinieron después también les pertenece, pero es diferente: no supieron de su agua dulce.



Me arrepiento de las prisas:
es tiempo que falta a mis ojos.

 

Empiezo a tener muertos cercanos, no es como al principio en que solo tenía vivos. Me conformo en que sea por orden de llegada: a intervalos extensos de tiempo.



El ancestro del primer instante es el vacío. Para los griegos el cero es un punto: comienzo de un trazo. Cuál fue el inicio, el inicio del instante de ahora, ¿el instante de ayer? ¿El tiempo de ayer con todo el tiempo ancestro, antecede al tiempo de ahora? ¿Cuándo fue el antes de este instante? Pudo ser un instante vacío, un instante con menos de ayer, y del anterior, y anterior, hasta llegar a un instante en que hubo algo nuestro. El origen de las carreteras de asfalto fueron carreteras de tierra, y anterior fue un camino, y muy anterior a ellos fueron algunos pasos sueltos de gente que después se hicieron costumbre de mucha gente en esta vía de traslado, de comunicación, de movimiento. Antes del primer paso no había nada, no había costumbre de andar por ahí, no había nadie al otro lado para conocer, para visitar. Y antes de esos instantes no había nadie, ¿qué había antes de nadie? En otros lugares, en otros continentes, hubo alguien que decidió venir hasta esta isla d y después vinieron más; pero antes de ellos no había costumbre de venir, instante ancestro de infinidad de instantes posteriores, desde aquí hacia atrás, cada vez menos gente, menos gente, hasta ese instante de las siete Evas, y antes de ellas, Darwin, la vida en la sal, en las ondas de luz en el agua salada del mar y en el agua dulce de instantes anteriores de sal. ¿Antes, el huevo  o la gallina? A Las gallinas las veo primero en sus instantes de huevo rompindo la cáscara, y los pollos creciendo se hacen gallos y gallinas, ¿pero quién antecede a la gallina y al huevo? ¿Un instante de dinosaurio evolucionado en un huevo? Qué es antes y qué es después es fácil saberlo, lo difícil es descubrir el primer instante, el primer antes del primer después hasta llegar al antes y después último antecesor de este instante de ahora. Ordenaré todos mis instantes por  materia para saber el antecesor de cada uno de mis instantes de ahora.


Trasplanto un geranio.
Introduzco las manos en la tierra, 
la revuelvo con turba,
hago un hueco para las raíces,
deposito la planta,
la cubro por los lados
y la riego despacio.
Miro mis manos:
los surcos se han cubierto de tierra.

No me gusta moverme en círculo, da la impresión de estar siempre en el mismo sitio. Pero la libración de la luna y los movimientos de la tierra son en círculos, infinita recta de infinito círculo: el átomo en la espiral que marca el movimiento. Entonces, ¿para qué alejarme de la tierra?



Me dice que mire al sol diez segundos al amanecer y al atardecer porque el sol nos alimenta, y hoy me habla del tercer ojo, la glándula pineal, la intuición, la clarividencia de la luz, el unicornio, tercer ojo que los peces sí conservan. Y me habla de los rincones libres, y de los míos, medios libres, medios ocultos. Y me habla de la tumba abierta como sinónimo de eternidad, y pienso en la tumba de mi padre, en sus cenizas en el aire. Y vuelve a recordarme que antiguamente el tercer ojo lo teníamos abierto y que las aves migratorias no lo han perdido y por eso saben cuándo tienen que emigrar. Y también que somos incapaces de construir un hexágono perfecto en círculos grandes y que los hexágonos de las abejas son perfectos e iguales y que a los huevos de las reinas se les alimenta con jalea real. Llego a mi casa y le hablo a mi hijo de todo esto y le doy la piña de un pinar que mi amiga Ángeles me regaló y le digo qué él detrás de su cabeza tiene una igual. Sé que mi hijo el tercer ojo lo tiene abierto.



Hemos elevado la belleza física a magnitud fundamental sometiendo nuestros cuerpos
a intervenciones de longitud y masa olvidándonos de la magnitud del alma.


Los alrededores no me interesan, solo miro a los ojos. Puedo detenerme en un estercolero, incluso en una cloaca y alcantarilla, en contenedores de basura, y desembocaduras de aguas residuales, y sin embargo no entrar en un jardín de rosas y jazmines. A veces se equivocan quienes ponen nombre a los sitios.



Él hablaba de la materia, del tiempo y de las formas y yo le hablaba de oralidad. Él me respondía con alusión a la carne, yo me refería al cuerpo en la palabra. Le insistía, ¿Te hablan? ¿De qué te hablan? Es más, ¿conoces el verbo en estado oral? Y me reía, en la luz del mediodía reflejada en los cristales, porque sé, que él esconde su alma en la carne.



Me falta poco para la mitad de un siglo. El tener ya tanto tiempo hace que me vengan  vivencias que antes no me venían; por ejemplo, ya tengo varios muertos cercanos en mi árbol. Circunstancias extrañas suceden cuando un hueso, o un órgano no se comporta para lo que está diseñado. Y se me va metiendo un desajuste, un si a mí o las míos le pasa que parezco una helada mata de hierba temblando. Tanto que nos hablaron de la química del cuerpo y nadie nos habló del comportamiento químico de alma. Y aquí estoy, con miedo a los talleres de reparación y desguace hasta que no me reconcilie con el hígado de mi padre.




Un día me dijiste, «Hagamos un diálogo entre dos hojas que caen en otoño», y te respondí que sí, sin saber que muy pronto una hoja caería de mi árbol. Continúo pensando que no es triste ser mayor porque no son tristes las hojas doradas de otoño; lo que sí da tristeza es la hoja que cae verde del árbol, y la mía lo era: no había alcanzado el sol la plenitud de su savia.



Es tanto lo que termina con un punto final. La misma termina así. Son varios los signos de puntuación: están los puntos seguidos, nos tomamos un descanso y reanudamos de nuevo el camino; el punto aparte, en aquellas cuestiones que necesitan de una senda separada, aunque sean afluentes de un mismo cauce; la coma, el punto y coma, los dos puntos. A veces la vida se obstruye por no saber elegir la pausa, sea cual sea el destino.



Vals de agua
donde bebe
vuelo libre el aire:
silencio raizal  de árboles:

Al compás de la música
van mis pasos.

Eco de silencio
el encuentro
de los pies mojados
en la arena.

­—¿Qué haces aquí? —Nada, una explosión neuronal en el cerebro de mi dueña, algo habitual en ella. Ya vendrá, andará por ahí recogiendo las otras  partes. Las veces que me toca salir en estampida nunca se olvida de mí. —¿Y cómo lo hace? —Le sucede después de algunas lecturas de ciencia, literatura o filosofía, y también de la contemplación. —¿Contemplación? —Sí; dice que le agranda el conocimiento. Tal vez la próxima vez te pueda decir algo más: también yo me voy expandiendo.



Tengo un Dios, dijo una hormiga, al que nada cuestiono. ¿Y quién es tu Dios?,le preguntó un sarantonton. Un árbol, le respondió: permite que mis compañeras y yo hagamos caminos en sus raíces, trepamos por su tallo y andamos por sus ramas y azahares. Yo también tengo un Dios, le dice el sarantonton,cada mañana el sol seca mis alas.



Observan las horas, las desmenuzan con gesto serio en la boca y en los ojos. Hablan a solas,  en silencio de atardecer. Una mirada los despoja de los huesos y una columna de luz se levanta: sabiduría de árboles viejos.



En momentos desérticos mi cuerpo me ha colmado de agua: desde el néctar de los cactus ha traído nacientes a la sed de mis labios. Si de polvo cósmico la materia, ¡qué no haría conmigo el cuerpo de las ideas!



Afuera la noche todo lo calla,
susurra desde la hondura
de estar callada.
Noche cada vez más noche
en el agua donde murmura su ser.



Nos dijo que trajéramos el limonero y eso hicimos. Salimos al patio, tocamos sus ramas y volvimos a entrar: aquí está tu árbol, le dijimos. Pasó el tiempo y los pies del limonero estaban siempre cubiertos de pétalos blancos. Hasta que un día una niña se sentó junto a él y comenzó a leer poemas. Cesaron las lágrimas de azahar.



Dorado incendio en la era:
cuerpo erguido
en las mieses de  un tibio sol.
Las llamas flamean el cielo.



Cuando alzamos nuestro pecho en gratitud buscando a un Dios a quien dar las gracias a quien realmente estamos alzando es a nuestro yo. Ante él oramos el reboso de nuestra dicha en el más allá de todo porque así de extensa es su plenitud, el Dios primero que nos lleva a los Dioses de los demás yos. Siempre miramos al cielo, no solo cuando nos colma la dicha sino también cuando nos anega la pena, buscando piedad que la dirima o la convierta en promesa de santidad o sacrificio. Cuando alzamos nuestro pecho al cielo, desde allá arriba nos responde nuestros yos.

La luna nueva bajó a su alma. Estuvieron hablando largo rato. Nadie sabe lo que allí se dijeron, pero desde entonces se la ve barriendo las calles. Encuentra muchas cosas y tiene un duende que de noche le abre el alma en tablao. Tiene a la luna nueva con ella.



No me gustan los versos falsos, envueltos en arco iris y pétalos, pero falsos: no me estrujan. Quiero cuerpos de ocasos y nacimientos, el subsuelo y el lecho marino para que no marchiten las flores ni mueran los peces. Me quiero sangre surcando la carne, no me quiero sepulcro de versos que por no alcanzar la vida ni siquiera están muertos; ni tampoco claustro de versos que por no alcanzar la voz no guardan silencio.



Tragar manojos de alas marinas
y terrestres
en el vientre azul
de cielos nocturnos y búhos.
Silvestre y manso mar,
quietud desinquieta
que conserva las orillas:
columnas de continentes e islas
en asientos de acantilados.



¿Dónde se ha metido el tiempo? Hace un instante eran las diez y ya son las veinticuatro. ¿Dónde se metió?, ¿dónde estuve yo?, pero si yo estaba aquí, en el andén de mi cama deseando dormir. Creo que al sueño no le gusto de sábana y almohada al acecho para caer sobre él y se alía con el tiempo para pasar sin tacto en mi piel. Pero, ¿cómo no ser águila después de tantas veces mariposa sonámbula?, ¿cómo no serlo después de tantas veces herida de insomnio la mañana?



Salto y tomo una palabra. No me gusta, no tiene sentido del humor. Soy seria pero necesito abrevar en el canal de la risa. Salto y elijo otra y tampoco me gusta: mustia, muerta, no dice nada, ahí, quieta, donde la pongo se queda, no ocupa ni un renglón, ni una línea del folio en blanco. Y otra, y otra, y otra más y ninguna me convence y mi paciencia se agota, cauce desbocado arrastrando aledaños.  No quiero alas de mosquitos en mi boca, no tolero la palabra que de tan buena no dice nada, tan modosa, tan tierna. Que la bondad, que la ternura es una piedra, un acantilado, que si no, viene un viento y la aplasta choza de paja contra el suelo. Y cuando vienen las palabras hechas, las que un día se hicieron y se repiten con el corazón muerto, ignorando que cada sangre tiene sus válvulas, ¡las estampo! Y después están las correctas a estas las miro con táctica y estrategia de guerra, son las más peligrosas. No les doy la mínima oportunidad en la pantalla: las aniquilo con método. Estoy sin palabras, como un árbol sin hojas en otoño. Es lo que quiero. La luz oscura, la luz escondida, la que no se ve, la que trabaja silenciosa mascando y bebiendo la tierra con el agua que la riega y los minerales y vida muerta que la nutren. La luz de bronce, la luz callada, la luz olvidada, a la que nunca se escucha, a la que no se besa, a la que no se le recitan poemas ni se la hace musa de templos ni se le cantan canciones porque es piedra bruta, tosca y burda
la luz que alumbra las raíces de los bosques.
El tiempo se desliza hasta mis pies. Me agacho y miro los espejos del océano: la casa y el jardín; los poemas, algunos sin terminar. Detengo la mirada en estos. Me levanto, tengo que trabajar los versos. De ellos dependen los cimientos de mi casa.



Juguemos una partida de ajedrez. Mías serán las negras y blancas las tuyas. Saltarán nuestros caballos, avituallarán nuestros peones,  serán posadas nuestras torres, estrategas, los reyes y reinas, y victoriosos, los sabios elefantes y camellos: oasis en los desiertos de arena nuestros. El búho y la noche se ven y muestran.



Hay una charca más allá del alma a donde van a cantar los pájaros. Es el alma del alma oculta en multitud de selvas. Recorro los afluentes que le dan el agua. Limpio los cauces, construyo canales, restauro acequias y abro espuertas de presas que rebosan. Y después camino, salto y corro por acequias que nutren la fuente y regreso. Voy con frecuencia,  cuando el agua no me alcanza: alma hambrienta de panes y peces, canto del interior de agua de una piedra.



Alma mía, ¿no te das cuenta que es él quien viene a cantar a la orilla de tu charca; que es él quien te da con su pico el agua, quien viene todos días con sus plumas? Alma de mi alma, ¿no te das cuenta que son suyas las luces llevan por lugares que siempre soñaste?, ¿no te das cuenta que es él quien a tu llanto, por su ausencia, viene? Alma mía, ¿no te das cuenta que su canto se vuelve lamento por tu pena, que sus alas ante tu alma rota pliega y vuelven blancas como los sueños rotos de un mar de acantilados en la orilla? Alma mía, alma de mi alma, no dejes que muera el pájaro que te dio la vida que sólo mueren en la eternidad los pájaros cuando en la tierra no escuchan los cantos de sus crías.



Si deposito una palabra y me detengo y comienzo a jugar con ella: la lanzo de una esquina a otra del papel, y al centro, y a su margen derecho, a su margen izquierdo, más arriba, más abajo, la lanzo fuera, la regreso adentro, ¿es creación? ¿Tiene memoria la palabra?   ¿Y el papel?, ¿tiene memoria? ¿Y yo? Reía mientras la lanzaba hacia fuera, hacia dentro, hacia un lado, hacia otro. Recorrido de líneas que seguía mis ojos construyendo estructuras cristalinas que continúan ahí sin que ahora las guíe. La palabra tiene impulso en el papel.



Durante días subo al cielo para llevarle especias a los cuerpos celestes a cambio de las luces que mi espíritu mercader necesita. Pero después necesito ser de nuevo sedentaria agricultora, vinícola y cereal en barbecho, tierra húmeda que me ara y siembra. Robusta piedra que bebe el agua ronca y muerde lo muerto y minerales del suelo. Tosca, sin talar y sin pulir me sitúo frente al escultor del viento.




Las palabras se amontonan; pugnan por salir, pero no se ponen de acuerdo. Siguen llegando, se aprietan y no queda sitio. Unas se reconocen y se juntan, otras saben que son nuevas y han de esperar. El corazón no aguanta la presión de tanto verde y se arrodilla a los pies del alma, clamando el agua donde las palabras se calman, agua que solo tiene el alma porque por ella vinieron atraídas por su canto. Y el alma se agacha y lo besa en el suelo y llora: desconoce la melodía que esta vez atrajo a las letras, y piensa que es la muerte, que es la muerte de los dos.
Lentamente, sonidos de pequeñas campanas de cristal la despiertan. Una barca, adornada de farolillos encendidos, se mece en ella: una canción, y después otra, y otra se bajan y la besan. Son las palabras.

BENITA LÓPEZ PEÑATE, Sardina 2010

miércoles, 27 de junio de 2018

LIBRO X (LIBROS DE SAL, Bengibook, 2010), de Benita López Peñate


El alma me ha traído hasta aquí,
muerte dulce que antecede al crepúsculo:
el viaje es en la última capa,
mi cuerpo no se destruirá.


Adhiero mi boca al canal de mi pecho y bebo.
Las pasiones son cuchillos que se clavan en la carne.


En la cueva de tus brazos
inhalo tu cuerpo:
rincón del alma cuando te necesito.



Con tu silencio fermento estiércol:
abono con él mi tierra.


Conjugación de ojos y labios
y surge el verbo:
el pensamiento construye los tiempos.



El gusano tiene una sola dimensión, pero ¿cuántas dimensiones tiene la oruga si lleva una mariposa dentro?


Miro a la isla y después a mí:
necesito sus planos para construir mi casa.


No importa que el tiempo me sea árido en ocasiones.
Las flores amarillas de ahulaga y lilas de cardos son hermosas.



Deposito mi corazón en la intemperie
y escucho conversaciones:
animales y plantas hablan en él.




El agua no pesa
Se entrega
Se deja llevar
Se deja caer
Y es tan fácil tenerla
Tocarla con las yemas de los dedos
En las hojas
En los párpados
En la piel de una playa
Y en el vaso de un barranco


En lluvia quisiera los océanos.
El agua no acabaría nunca.


La mente es el gran océano.
En ella navegan los barcos.



El agua de los ojos lava la cara:
el pecho rebosa de lágrimas.



Los domingos desactivan los sonidos de las calles. Los pentagramas exteriores se realzan en los sonidos rutinarios de los días de entre semana




Mi ventana
se abre y cierra
según deseo
estrellas en mi almohada.

Mi ventana                
se abre y se cierra
según deseo
lunas en mi cama.



Cornucopia de una estrella:
manos, mente y pies
los cinco vértices que me iluminan.



Ovillada
soy bola de fuego
en el pecho.



Con los brazos en cruz
y los pies en punta:
clavo As de espada
en la Zanga de mi espacio.



La luz es claridad para vernos.
Las almas se dan la mano y caminan juntas.


En mi pecho escribe con pulso firme y ritmo vertiginoso hasta que se va yendo, cada vez más despacio. Es mi mano.


No me dan tristeza los árboles de otoño:
árboles en plenitud de luz.



Abro las luces del cielo
y te pongo dentro:
ahí arriba estás tú.


El corazón salta a mi  pecho
Escucha atento lo que aquí se dice.


Tráeme rosas sin abrir.
Pétalos cerrados para que se abran en casa.


Abro los ojos, miro al sol y los cierro. Los vuelvo abrir, lo miro nuevamente y los cierro. Nadie sabe la razón de este abrir y cerrar de ojos, salvo yo: un águila abre en mi pecho las alas.


Primero la cáscara verde, después la cáscara seca y por último la almendra.
Sea dulce o amarga, lo importante es el abrir de cáscaras hasta su cueva.


Sé dónde está tu corazón.
Todas las noches  lo arropo.



No me dan tristeza los árboles de otoño:
árboles en plenitud de luz.
BENITA LÓPEZ PEÑATE

martes, 26 de junio de 2018

LIBRO IX DE LIBROS DE SAL, Benita López Peñate (Beginbook 2010)




Andarán tierra adentro
hasta sentir firme la isla, 
ya después mirarán de nuevo al mar:
al otro lado está su tierra.


Se necesitan nudos de mar  en el pecho para navegar la vida sabiendo que al otro lado pueden llegar vivos o muertos. Velas de naufragio su piel negra. Yace en el mar su juventud.

Mira al mar en su piel negra.
Es lo único que lo separa de su tierra.



La niña afgana mira la brutal luz de occidente en el cielo. A su lado yace un niño afgano por luz de guerra. La niña afgana mira al cielo, no sabe si la luz de guerra apagará su estrella.


No creas, mi amor, en los dioses de Iglesias; en sus silencios de mentiras, silencios que meditan el pan amasando su ausencia,  silencios que rezan la paz rezando dios en las guerras. No creas, mi amor,  en sus dioses; que dioses son la luna, el sol, los mares, los besos, eres tú, es aquél, somos todos avanzando con amor los presentes.


Puedo construir en versos el arma más letal de la sangre contra el cáncer devorador de conciencias. Versos como: En Gaza la noche escurre sangre; las guerras son dentelladas a la yugular inocente; desde el vientre materno hasta la tumba, carne que compran y venden; el animal no pierde nunca su esencia, el ser humano sí. También puedo escribir otros versos igual de letales: Escurre agua de rosas la noche en el jardín de mi casa;  desde el vientre materno tengo el sol en mi pecho, comunión de la naturaleza y el yo. Mostrar la belleza imprime el espíritu de luchar por ella: denuncia el vivir ceniciento.


EL CORREDERA    

¡Cuánta vida debió correr por tus venas
para defender la vida contra la muerte
y en tu muerte la vida triunfara
dejándote con vida después de muerto!

No vengo a llorar cómo te dieron muerte,
vengo a sacar de la tumba al hombre
de  atlántico en el pecho para plantarte
en la memoria de nuestros mares.

El son de un barranco corriendo en primavera
revive en ti al hombre que nos lava como un volcán
dándonos vida en esta muerte nuestra.



            MEMORIA HISTÓRICA

¿Por qué desenterrar a nuestros muertos?
¿Y tú lo preguntas?
 ¿Tú, empuñador de las mismas ideas
que rasgaron a hachazos la tierra
para enterrar con vida la sangre de otras ideas?
Pues, ¡sí! ¡Desenterrar a nuestros muertos!
¡Desenterrarlos de la muerte usurpadora de la muerte propia!
¡Quiero sus calaveras en los brazos del viento
para liberarlos de besos y abrazos errantes porque nunca se dieron.




En el aire y en los vertederos está la respuesta. Lanzas la palabra Dolor y el cielo se desploma en las cuerdas del viento, arrancando los techos de las casas. Lanzas miradas con cerebro a las  alcantarillas y las manos se te llenan de sangre y vísceras. Alto consumo orgánico del sistema. ¡Cómo nos vacía el capitalismo por dentro!



Los huesos que trabajan en la construcción crujen a los cuarenta, se agrietan a los cincuenta y se deshacen a los sesenta. A los sesenta y cinco, la jubilación.



Dilo tú, Sur, di que tú recuerdas al niño aparcero armando con el sacho la tierra, y
a la niña aparcera regando con los pies en la acequia. Di que recuerdas al niño y a la niña aparcera gateando en la hierba detrás de la madre aparcera, y como única escuela las hojas de los tomateros, el lápiz de las tizas y el libro del cantero. Dilo tú Sur, di que la niña y el niño aparcero preguntaban a la tierra si los surcos en la playa eran también de sal.





Te busco en las faldriqueras, en los sombreros de palma y en las pamelas de tela. Te busco y te encuentro en los surcos de tomatero. Mujercita aparcera: siéntate conmigo
en el bajante de la tierra, nos tomaremos un café de tu termo interior de plata; quiero abrazar a mi abuela, abrazar contigo los días de niña aparcera. Mujercita aparcera:
eres la misma mujer de las chozas de piedra y casetas de madera; con el fardo a la cintura sacando tomates a la orilla. La misma mujer de jornada de sol, madrugadora del alba en la tierra hasta el despuntar de las estrellas. Mujercita aparcera, siéntate conmigo
en el bajante de la tierra, quiero abrazar el Sur de tu mirada.




Cilantro: hierba aromática usada como especia en el caldo de papas blanco y en el caldo de papas amarillo, comida de poco tiempo y también de poco dinero: agua, papas y fideos. Hierba también presente en la alta cocina pero sólo la mesa del pobre sabe servirla: no pierde su porte digno.



Cincuenta cabras ordeña ella sola todos los días al alba. Recién levantada, oliendo a sábanas y a romero viene con el agua de su pena y con el agua del relente a extraer la leche que le dan las cabras desde el verde y el dorado de las hierbas. Sé de ella, sé de su pena, y si pudiera le daría siete estrellas: las siete cabrillas del cielo.






La crema nívea trae a mis ojos la imagen de una mujer que se cuida en el sur árido de una tierra que no escucha y calladamente guarda silencio ante el sollozo de quien sabe que mañana también será tierra árida de secano.



Madre, dime que es verdad que hoy el sol se puso en tu regazo amaneciendo en tu seno
todos los días buenos. Dime que amaneciste el día en las noches sin tiempo y que a tu paso se borraron las sombras heladas de la tristeza. Madre, dime que es verdad que tu vientre dio a luz el fin de todas las guerras.




No me gusta, madre, este tiempo de mujer; no me gusta cómo se mide en mi carne
este tiempo viejo que no viene desde el principio, tiempo usado que me quita el mío
prisionera de calles y de edificios.





La luna sabe lo que deseas y anda por riscos y laderas hablando con perros lobo y pastores para que te dejen descarriada y sin cencerro y sin corral. Cabra te quieres tú, te quiere la luna, te quieren los campos atraídos por la luna llena de tus pechos de trigo; cabra te quieren tus hijas por caminos reales y acequias. Una cabra de costa, de monte; una cabra negra, blanca, rucia, una cabra loca, harta de millo dorado y de hierba. Una cabra sin pastor y sin corral.


La hermosa hormiguita enseña su regalo. Calladamente silenciosa hace suyos dragos de llanto; sin embargo, aun no cree que en sus manos naciera un hermoso jazmín.




¡Cuánta soberbia sus cuerpos esculpidos a golpes de escoplo y  martillo! ¡Cuánta fuerza la de sus piernas, sus brazos, hombros y espaldas enhebrando los cimientos y columnas de mi ciudad!  Cuánto amor sus manos en el hierro, en el cemento, en la arena y en el agua. Cuánto saber milenario delinear, trazar y construir el espacio de los sueños.




La recuerdo preparar el bolso obrero de mi padre; recuerdo sus manos cálidas calentar al alba el desayuno y el almuerzo que cariñosamente guardaba en el bolso azul de plástico. La recuerdo haciendo, con semblante serio, las listas de la compra, listas de compras meditadas que cuadraban con esfuerzo el sueldo a las mesas del bolso. En el bolso le amaba, recuperaba del andamio la fuerza de sus caderas, el aliento de sus  y el aguade del deseo.


Rota y mil veces mujer vuelta a romper,
y véanme aquí: mujer mil veces vuelta a componer.
Me rompen los golpes de asfalto
y me cosen las raíces del planeta.
¡¿Cómo me voy a rendir
si en mí corre la sangre de siglos
de mujeres rotas?!
¡Se derramaría toda su sangre con la mía!
Ante cada herida me sumerjo en la tierra
y como un volcán salgo a la vida.



No pudo tu piel blanca con el peso de su piel negra, aunque la arrojaras por un precipicio buscaría de nuevo el pan de la calle. No pudiste limpiar la noche de prostitutas negras, te desangraste de pena por ella. Y te alejaste, posada la piel negra de la noche en tu carne herida.
                
      





¡Que vengan todos los mares y montañas!

¡Que vengan todas las generaciones de los siglos,

que muy mal lo estamos haciendo

para que la tierra y el cielo se le junten a un niño!

Que vengan, que vengan todos, aquí yace: Iqbal Masih.






Una mariposa mueve sus alas

en los huesos de Victor Jara:

suena la guitarra.







Y dijo Jesús:

no me vengan como yo,

los quiero hombres y mujeres Vitruvio,

con los pies juntos y los brazos en cruz.













Mi espalda es mía, nada ni nadie me la dobla. Pero a veces mi piel cae a trozos en la espalda herida del otro aliviando su pena.








Son las tres de la mañana. Y él, policía local de noche, hace su ronda rutinaria. Un grupo de personas esperan su turno de alimentos en los contenedores de basura. Él se acerca y sus ojos se encuentran con los suyos. Le atraviesa el alma y tiembla como un árbol. «Dando una vuelta, ¿no puedes dormir?, te invito a un café» Hablan de la noche, del sueño, del tiempo. Sorbos calientes de café y silencios que por respeto y vergüenza no quieren romper.




Llegó la paloma al mar con el sueño roto bajo el ala; depositó su vuelo en la orilla y a la mar lloró su pena. De dónde vienes –le pregunta el mar–que en tu plumaje engarzada llora ensangrentada la rosa y al océano son tus ojos manantiales de duro invierno; de dónde, paloma, son los recuerdos de tus huellas que a la arena hacen llorar; de dónde son los llantos que aun prendidos de tus plumas se esparcen  como susurros. De dónde, paloma, los niños y niñas que a tus pies anillaron juegos infantiles.



            No tiene nada y de la nada, la sonrisa y el andar le quitan. Le borran el mañana.



Entre tropiezos de risa por no saber fecha a su vida, Paquita responde con verdad que sus años son cuando la guerra. Con cuánta verdad Paquita dice su edad,  pues ella nació con muchas guerras: Paquita recién nacida, Paquita niña, Paquita mujer; Paquita naciendo, creciendo, Paquita con muchas guerras envejeciendo: guerra civil, guerra del hombre, guerra del hijo. Paquita cumplió muchos años cumpliendo muchas guerras.




Con la cabeza en la casa, con la casa en la cabeza, así ando siempre con la casa siempre a cuestas. Desde el trabajo, desde la calle, desde la cama lavo, plancho, cocino y limpio
y al día siguiente lo mismo. No es extraño que de mi digan que anda loca la vecina gritando por las calles que su cocina le habla.  Pero es que, a mí, mi cocina me habla:
me hablan en el fregadero los cubiertos, sartenes y calderos; en la nevera, los alimentos transgénicos y la comida en la despensa. Hasta los ácaros del polvo me hablan con terrible alergia. Cualquier día me pondré con la casa panza al tiempo y que sea la limpieza obra de la lluvia y del viento.


Mírate a la niña, mar,
dile que también ella tiene
un fondo de mar.
Mírate a la niña, sol,
dile que también ella tiene
en cada párpado un sol.
Sol y mar la miran,
miran como las niñas
de sus ojos mujer
le ofrecen mares de agua y sal.




La nieta le pregunta a la abuela, que si ella ha sido buena por qué no tiene su estrella. La abuela, con semblante serio, se dirige al firmamento: ¿Y la estrella de mi nieta? ¿Dónde está su estrella? La estrella que no tuve para que la tuviera mi hija; la estrella que no tuvo mi hija para que la tuviera mi nieta. El firmamento le acerca tres estrellas: una ya mayor, la otra más joven, y una jovencita con el nombre de la abuela, de la hija y de la nieta.
  



Ella va delante con sus dos hijos, y él detrás. Es domingo, imagino que almorzarán en casa de algún familiar, y que también tendrán un momento a solas después del mediodía. Pero sé que no, la conozco: su hombre no arde en el fuego de la carne, el alcohol de los bares lo consume. Es buena mujer, joven y trabajadora, sin embargo su cuerpo sólo arde en el fervor de la pena. No entiendo cómo no abre su alcoba a otra persona.


Lágrimas celestes y lilas se juntan en el mar, y en el azul del agua  se elevan al azul del cielo y descienden verdes sobre los valles en una misma lluvia. Verdes iguales y dulces los dos mares.






No la parió ni la amamantó, pero él se apodera de su útero como una cruz. La Iglesia, su única luz: se arrodilla, persigna, santigua  y toma el cuerpo de Cristo: «¡Ay, Jesús, por qué no ser tú el hombre de mi cruz!» Perdóname Señor. Virgen Santa Magdalena también soy yo. Confiesa, reza y hace promesa: "¡Virgen María, resguarda con agua bendita mi casa y mi cama y andaré en tu nombre los templos descalza! Se levanta
y en comunión con Cristo se santigua y se marcha.




No me gusta la manzana de Adán y Eva, tiene muchos precipicios. La única manzana que me gusta es la manzana del árbol de Newton: tiene mucho vuelo.






Tener vida y no vivirla duele más que no tenerla. Los cristales de sal se clavan en la carne.





Ella, madre de varios hijos, jornalera de los tomateros y mujer de un hombre que ella creía iba a llenar de colores su mente y no fue así, quería ser monja de clausura. No quería más cruces ni más rosarios de aurora terrenales del marido. Solo deseaba  el éxtasis del silencio a solas: vestido de colores que nunca se puso. Hoy la encontraron abrasada en lejía.








La vida  me descoloca los órganos: el corazón late en el centro del estómago y las neuronas palpitan en la planta de los pies. La teoría de Darwin en mí, no sé yo; ¿evolución de qué?





Volvamos a la fuente de nuestros cuerpos desnudos, a los desiertos y verdes valles, a la piel sin edificios, a los ríos con agua. Así no habrá más violencia en nosotros y tendremos el empuje de la rosa en el cáliz abriendo sus pétalos, de la semilla en la tierra hasta el verde que brota,  del azahar hasta alcanzar la flor, solamente.





No me dibujes heridas y hematomas.
El no a la violencia se dibuja con luz.




El principio de sincronización es necesario, nos permite llegar a tiempo. Pero en ocasiones no es afortunado, por ejemplo: nos oculta la otra cara de la luna, tarda el mismo tiempo en recorrerse a sí misma que en recorrer  la tierra, aunque también es verdad que van muy unidas y entra en juego la gravedad.



A Venus le llega más el sol, pero Marte tiene dos satélites y Venus no. Son climas solares diferentes que se complementan: en Venus  400º C y en Marte 60º bajo cero.




No me fío de los símbolos,

no es casual

el trazo de un camino.





Tantos años siendo mujer y no sabía que los símbolos de nuestros sexos, un círculo con una flecha y un círculo posado sobre una cruz, fueran el Dios Marte de la Guerra, con escudo y una lanza, y la Diosa Venus del Amor sosteniendo un espejo. No sabía que en el cielo nuestros sexos fueran el planeta Marte y el planeta Venus.



¿Por qué, de todos los dioses, se tomó al Dios de la Guerra para el hombre y para la mujer a la Diosa del Amor? ¿Amor y Guerra? ¿Eso es? ¿Quién unió a Venus con Marte? ¿No anduvo Venus también con Eros? Me gustan los planetas, y especialmente el planeta Marte, pero no me gusta su Dios como símbolo del hombre; la mujer también es roja y fuerte y el hombre también es amor.





Quítame el género y déjame sólo el sexo: sentidos y razón. Los sexos desnudos no sangran los cuerpos.

 




Tomo el símbolo de mi sexo y lo despojo de la cruz: aro en movimiento conmigo dentro.






Despojemos nuestros sexos de las cruces y flechas y ya no harán falta los escudos y las lanzas.




Aparto las nubes del cielo y me miro en el espejo: el Sol,  la Luna, Venus y Marte. Observo su claridad para aprender su luz.



Hombres y mujeres de África, Europa, América, Asia y Oceanía: subamos al cielo,

y, despojemos, al Dios Marte y a la Diosa Venus, de la lanza, el escudo y el espejo.

Volverá entonces la luna a las manos de Venus y el sol al pecho de Marte, astros

celestes de nuestros sexos. Desnudos, sin cruces ni flechas clavadas en nuestros

cuerpos, bajaremos a los cinco continentes.




Nunca me han gustado los reptiles. Pero últimamente me gustan las serpientes. Me agrada la imagen de serpiente encantada. Me proyecto en ella y en suave remolino tomo el agua del suelo, primero a grandes tragos, después a sorbos y por último mojando mis labios; soplo las hojas secas y asciendo: doy vueltas de cuclillas, rodillas, caderas, cintura, la espalda erguida y es aquí donde comienza el ciclón. Un llanto antiguo  resquebraja las paredes de mi estómago y desploma los techos de mis cuevas.
Se revuelven los órganos y saltan las llaves de paso. Un alarido se arrastra por las venas y revienta en el pecho. Cesa la tormenta, escurren las paredes y el agua se desliza mansa por la acequia. Vuelve la sangre a las venas; serena danza del pecho en el vientre y me muevo lenta, ondulante, sin velos ni espejos en el rito griego de salud de mi veneno: la  luna creciente muerde en hoz mi cuello. Bebe mi animal herido y no muero.




Por mucha imaginación que ponga entre mis piernas, a mis días de regla no los puedo llamar días de pétalos rojos, ni días de ciclo interlunar ni de encuentro cósmico. Simplemente me siento fiera herida en el campo de batalla de óvulos rotos.



Traerme a este estado en que levito los muchos años que ya tengo, y también la poesía,
pero es tan preciada por mí esta locura que ni en la misma muerte quiero mi cordura. Andaba recitando versos a los molinos de viento y en brazos de gigantes me encuentro. Fue tal mi gallardía que, desde entonces, sólo mujer Quijote por los caminos me quiero, sin más armadura y escudero que mis versos y mi pecho. Señor Cervantes, permítame la osadía de llamarme como su hidalgo, y emprender empresas que, aun no siendo iguales, tienen en común la valentía, diferenciándose en que no siendo yo hombre necesito mandato divino para sortear los obstáculos que por mi sexo me abortarían. Y es por ello que a todos digo que esto de mujer Quijote me lo mandó Dios, valiéndome también dicho mandato de crédito frente al capital por su gran deuda celestial. Será mi hazaña recoger en versos las cosas que a solas mueren para tragar y palpar lo mismo que tragan y palpan sus cuerpos. Señor Cervantes, ¿se imagina, cuántos árboles en versos me abrirían  recorriendo al atardecer las calles y plazas, los valles y montañas empapada en el agua de cachos de carne por silencio rota?
BENITA LÓPEZ PEÑATE